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"El refugio" |
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[ Descargar archivo mp3 ] 29:41
Música: Bartok - 10 Easy Pieces, Sz. 39 - 2: Painful struggle
EL REFUGIO |
Theo me ha dicho que si no pongo por escrito mis vivencias, no puede ayudarme de veras y piensa que recordar lo que me han llevado a mi situación actual, no sólo no será perjudicial para mi mente, sino que funcionará como un depurativo. Él sabe más que yo de estas cosas; sin embargo temo que volver atrás no sirva más que para retornar a hundirme en un infierno conocido. He accedido a ello por su insistencia; pero creo que su interés es debido, más a su humana curiosidad por conocer los entresijos de mi mente que a su celo por ayudarme. Me llamo Aarón y tengo cincuenta y seis años. En muchos momentos de mi vida he querido que estos dos datos de mi currículo fueran mi único lastre. Empezar de cero ha sido un sueño, un deseo insatisfecho para mí. Es algo que he anhelado siempre. He envidiado a esas personas que, rotas sus vidas por una tragedia o por un conflicto interior, tienen el valor de sacar la cabeza y comenzar su andadura sin nada detrás. Me hubiese gustado tener esa fuerza que les lleva a sobreponerse, a luchar de nuevo, si no fuese porque mis temores hacen que no conciba otra forma de vivir. Iniciaré mi relato por cosas que me parecen sencillas de explicar y además pensando que, en alguna medida, son el origen o explican algunos aspectos de mi personalidad y de las consecuencias que se derivaron de ella. He sido un eficaz empleado de banca, una profesión para la que me preparé y para la tenia cualidades, en eso no tengo dudas. Desde que entre en la entidad no recibía sino elogios de mis superiores y a buen seguro que me hubiese jubilado en un puesto superior del que desempeñaba de no ser por mi timidez y mi conformismo. Ahora sé que no sólo por eso. No he sido nunca un hombre sociable. Mis contactos con el prójimo se
circunscribían casi exclusivamente al ámbito laboral. Hablaba con muchas
personas en la sucursal, y era tenido por todos como una persona correcta y
trabajadora; pero una vez salía de mi trabajo, mi contacto con los otros era
esporádico, casi inexistente. Mi tiempo libre lo dedicaba a ver películas
antiguas en un cine y a pasear. Son dos actividades que difícilmente pueden
generar amistades y no sé si las hacía porque me gustaban o porque no podía
hacer otras que implicaran contacto humano. No puedo precisar con exactitud cuando me invadieron aquellas ideas, tal vez se iniciaran con pequeñas manías sin importancia como hablar solo o cruzar la calle cuando veía venir de frente a un conocido del banco. He de reconocer que a pesar de que me llevaba bien con ellos, fuera del trabajo me molestaba su presencia y si me los encontraba por la calle y no podía eludirlos, con cualquier excusa me alejaba enseguida. Terminé por no saludarlos y finalmente evitar su presencia. Mis vecinos eran otra cuestión. Vivía en un bloque de más de cuarenta viviendas, y como he dicho con anterioridad, mi relación con ellos al igual que con los otros era casi nula. No participaba en las reuniones de vecinos, no charlaba con ellos, no les pedía ayuda, ni se la daba, y mi único contacto con ellos era en el portal, que se zanjaba con un correcto y frío saludo. Hasta éste mínimo trato se volvió insufrible para mí. Así, resolví que si oía que alguien entraba detrás de mí en el portal, subía las escaleras para evitar el contacto que se produciría inevitablemente al esperar el ascensor. No recuerdo con seguridad cuanto duró esta fase, lo que sí sé es que progresivamente, ese desasosiego que sentía hacia las personas conocidas de mi entorno más próximo, se extendió de forma imperceptible a las demás personas. Ya digo que no sé en que momento ocurrió, pero se materializó con fuerza cuando cambié mi rutina de pasear al caer la tarde en el parque por horas más intempestivas, de tal forma, que así era más difícil encontrar a gente con la que cruzarse. Esto me alivió en un primer momento; pero terminó por agobiarme mucho la sola idea de que ese fugaz encuentro pudiera producirse. Por tal motivo decidí no ir a pasear. Después de todo, no era necesario. Mis salidas de casas fueron haciéndose más raras, salía lo imprescindible. Al cine seguía yendo no obstante; pues me sentía protegido en la oscuridad de su sala; aunque era toda una aventura recorrer las escasas cuatro calles que me separaban del viejo cine. Solía ir a la sesión de tarde; pero como iba más gente de la que yo podía soportar, terminé yendo a la de las 11 de la noche. La compra diaria era otra dura prueba para mí. Cuando trabajaba, acostumbraba a hacerla casi a diario, compraba pocas cosas y las consumía en los dos o tres días siguientes. Noté que fui espaciando mi visita a las tiendas donde, como uno puede imaginarse, hay siempre mucha gente. Lógicamente debía hacer compras más grandes. Acumulaba cantidad de vituallas para visitar las tiendas lo menos posible y cuando me veía en la necesidad, iba a los establecimientos abiertos toda la noche, que contaban con pocos clientes. ¿Era consciente de todos estos cambios en mi personalidad?, Creo que no en el instante. Además, no podía evitar hacer lo que hacía, a fin de cuentas cuando uno tiene aversión a algo, lo evita. He dicho aversión y es posible que este término estuviese bien aplicado en primera instancia; pero se transformó progresivamente en miedo. Sí, era miedo. Y ahora puedo recordar, que este aborrecimiento por el contacto con los demás se tornó sensación de amenaza cuando comencé a observar que un hombre, en el supermercado, me miraba, no de forma directa, sino de soslayo. Como es natural, me alejé de él en cuanto pude, y no volví a pensar en ello hasta que en la pequeña fila que se formaba en el cine a la sesión de las once, una mujer me miró con disimulo. Ni aquella del supermercado ni ésta del cine eran miradas de curiosidad, o esas miradas sin interés que lanzamos a lo demás cuando nos vence el tedio, cuando, en una situación cualquiera, no podemos hacer otra cosa. Aquéllas miradas eran insolentes. En los días siguientes, tal vez semanas, otras personas me miraron así; pero sus miradas se tornaron aún más duras, casi agresivas, hasta malignas. De la indignación por la intromisión en mi intimidad pasé como digo al miedo. ¿Por qué me odiaban? – me preguntaba- y sin embargo noté en las semanas sucesivas que esas miradas de odio se hicieron más raras. Tal vez no me querían poner sobre aviso; meditándolo mucho llegué a la conclusión de que era una táctica, eso era, simplemente disimulaban, pues era evidente que me vigilaban, no cabía duda. Definitivamente dejé de ir al cine, y eludí por todos los medios cualquier salida innecesaria de casa. Hacía la compra para todo el mes, acumulé en la despensa gran cantidad de alimentos no perecederos, para el caso de que me viera en la tesitura de no poder salir. Mi casa se convirtió en el único refugio posible. Fuera de ella, multitud de peligro me acechaban. Era como si me internara en una selva oscura y llena de amenazas ocultas, de ojos que me observaban a cada instante, sin descanso. Mis salidas nocturnas, (en las últimas diurnas llegué a tener crisis de pánico que me paralizaron en plena calle), se transformaron en incursiones en territorio hostil y aún tomando todas las precauciones posibles, supe que me tenían controlado, estaba seguro; si no era un taxista que pasaba bajo la lluvia, era un mendigo de la calle, o los últimos parroquianos de un local de copas. En todos, sin excepción, veía, en última instancia, esa mirada felina, ese calculado disimulo, ese odio infinito indescriptible que me apabullaba. Sabía que, llegado el momento, pasarían a la acción, y entonces estaría perdido. Largas noches de vigilia precedían a mis expediciones en busca de alimentos y otras cosas necesarias. Cuando por fin llegaba el día de mi salida, me armaba del escaso valor que me quedaba y procedía a descorrer los múltiples cerrojos que había colocado a la puerta para hacer mi refugio más seguro y me aventuraba en el descansillo de la escalera. Esos primeros peldaños se me antojaban fauces, puertas a la oscuridad, al abismo de lo desconocido, que un día u otro me tragarían. Creo recordar que estuve meses en esta situación. Un infierno que no soportaba más que a duras penas, y al cual terminé por acostumbrarme; pero con cada empeoramiento de la situación y una nueva adaptación milagrosa por mi parte, seguía un nuevo golpe. Éste me llevaba a la más increíble de las desesperaciones, y tras una nueva y precaria modificación de mis costumbres para poder sobrevivir, volvía a aparecer otro impacto aún mayor. La frontera que antes era la noche y los solitarios barrios que frecuentaba, pasó a ser la puerta de mi casa. Llegó un momento en que ya no pude traspasar el umbral. No se trataba de algo tangible, sino una especie de supersticioso impulso que de decía que aquel momento podía ser el último. Que al fin, ellos me atacarían y no podría regresar al refugio en que me hallaba. Y en ese momento mi voluntad desapareció por completo. No tuve fuerzas para salir, no tuve fuerzas para enfrentarme por enésima vez a su presencia. Solo el ruido de sus actividades cotidianas me helaba la sangre. Por el día, las ventanas de mi refugio estaban cerradas y las persianas bajadas y como no eran suficientes para amortiguar el ruido, me puse tapones en los oídos y aún así les escuchaba sisear tras la puerta. Escuchaba sus pasos, sus respiraciones, sus acechanzas. Por la noche, el silencio buscado no me traía sosiego, sino muy al contrario. Me daba en pensar en que estaba condenado. Mi despensa, aunque bien surtida, no era ilimitada; pero eso no era lo peor: en mis largos devaneos llegaba a la conclusión que la situación, mi situación de seguridad relativa actual, no se prolongaría. Una vez ellos vieran que, al no salir de casa no les daba la oportunidad de atraparme, vendría a por mí. Mi miedo primigenio a su presencia en la escalera era tan profundo, que ya no pude acercarme a la puerta. El recibidor y el pasillo de mi casa se convirtieron en territorio hostil. Con gran fuerza de voluntad por mi parte, pude cruzar el pasillo (la última vez que me atreví a ello) para coger una linterna y unas velas que sabia estaba en la habitación que se hallaba al lado de la puerta. Después de aquello, mi territorio seguro fueron la cocina, el salón y las habitaciones y baños que se hallaban al fondo de la misma. Pasaba la mayor parte del tiempo a oscuras para no delatar mi presencia en casa. Esta medida la tomé cuando observé que tras unas cortinas de unas ventanas del edificio de enfrente se ocultaba alguien que me observaba. Decidí que simularía no estar en casa el mayor tiempo posible, si bien tenía la certeza de que no les engañaba. Las basuras eran un problema que al principio solucioné triturándolas lo más posibles y tirándolas por el inodoro, las latas y demás desperdicio se fueron acumulando en una de las habitaciones que intenté sellar como pude para evitar el mal olor. La situación, cuyo fin yo creía próximo, se prolongó y comencé a tener problemas de abastecimiento, de muchas cosas aunque no de comida. Ésta llegó a faltarme, no porque no la tuviese disponible en casa, sino porque llegó un momento en que no pude salir de la habitación. Mi universo físico re redujo a esta estancia y al baño de la misma. El pasillo que conducía al salón y al resto de las habitaciones sin iluminación natural, fue foco para mí espíritu de terrores espantosos, incluso la última ocasión que lancé un haz de luz de la linterna hacia el fondo de mismo, creí ver sombran amenazantes, que en mis pesadillas nocturnas, cuando podía conciliar el sueño, se transformaban en monstruosas entidades ajenas a todo lo humano. Atravesé un aparador en la puerta de mi habitación, en la absurda creencia de que esto les frenaría; buscando en lo físico algo que lo psíquico me negaba. Tratando de establecer atmósferas intermedias que me protegieran durante el sueño, me establecí en la bañera del baño pues necesitabas al menos dos pequeñas barreras entre mi enemigo y yo para poder conciliar el sueño, cada vez más liviano y plagado de imágenes grotescas; pero era difícil dormir, lleno de temores, desquiciado de los nervios y hambriento. Así en un esfuerzo tremendo me arrastré desde la bañera a un pequeño armario empotrado que había hecho en el baño para guardar ropa y enseres del mismo. Su estrechez y oscuridad me dio reposo durante un tiempo pero fue de corta duración y ya no pude dormir o tal vez sí, porque alguien, al que no sabría describir, me visito en sueños. Seguramente no estaba dormido y aquello era una alucinación provocada por la extrema situación de debilidad en que me hallaba. De cualquier forma aquel ambiguo ser, (unas veces tenía rostro de mujer que mutaba con las facciones de un hombre), me sonrío con la misma crueldad que los otros en la calle. -Ya sólo queda una puerta –me dijo- una sola. - ¿Eres la muerte?, le pregunte casi sereno- llévame ya, no quiero sentir miedo más, no puedo seguir huyendo más, llévame por favor, ningún infierno puede ser peor que esto. -¿Infierno? –Dijo sonriendo- ¿No imaginas cual es el tuyo? De mi garganta seca ya no pudo salir sonido alguno, solo un gemido, no de hambre ni de sed, sino de desesperación al conocer, al tener conciencia de que estaba abriendo el último reducto donde podía esconderme: mi yo interior, mi ser más íntimo, disminuidas sus fuerzas, agotadas sus resistencia. Solo quedaba la muerte y por ella misma conocía que ni ese paso crucial me daría reposo. No recuerdo nada más de aquello, salvo que en el delirio que siguió: vi imágenes de parajes imposibles, irreconocible, donde trataba inútilmente de esconderme pues me sabía transparente. En medio de todas aquellas visiones oníricas monstruosas, oía voces lejanas, y ruido, estruendo de golpes y de gentes que entraban en mi casa, llamándome por mi nombre. Luego la oscuridad… *********** He vuelto a la sesión de las ocho en el cine. Me encanta ese viejo cine: su
moqueta raída, sus columnas de fundición, sus viejas películas de época y su
anonimato. Uno puede sentirse bien allí dentro. Puedes vivir la vida de otros y
olvidarte de la tuya, puedes vivir aventuras increíbles, visitar parajes idílicos, y
en la mayoría de las ocasiones tener la certeza de un final feliz. He vuelto a cruzarme con la gente. Vuelven a saludarme, a fin de cuentas son conocidos de siempre. Y esa ingente masa de individuos a los cuales no conozco, ya no me miran de soslayo, ni con odio, saben quien soy. Ya no huyo de ellos, ni les temo. Todo ha vuelto a la normalidad. Theo dice que es estupendo que vuelva a ser el mismo de siempre, que haya superado todos mis temores y asumido mis defectos. En el hospital todos reconocen mis progresos y se congratulan de mi estado físico. Todos, absolutamente todos, creen que les dejé pasar… ©Luis Miguel Vergel Corcho
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